Tarde de lectura y placer

Los domingos en Madrid son mis días favoritos, pues son los días en los que la ciudad late como un corazón. Las calles se llenan de palabrería alegre, sonidos de copas brindando y alguna que otra risa suelta que da la pincelada perfecta al final de la semana. La verdad es que para mí, un domingo no significa salir con los amigos a tomar café o echar el día en el Parque del Retiro. Un domingo perfecto es levantarse sin reloj, salir con mi perrita Mary y estar tranquila en casa, sin horarios. Un día perfecto, sin prisas. Tal y como fue el domingo pasado. Tras un buen desayuno, una ducha y de disfrutar del paseo matutino con Mary, encontré al que sería mi mejor amigo durante ese día: “El día que el océano te mire a los ojos”. Sin darme cuenta, me sentí atrapada por la historia de Aurora, lo que hacía que el tiempo se parara a mi alrededor y comenzara a vivir dentro de los sucesos que estaban ocurriendo. Disfrutaba con el nudo que se iba tejiendo entre las páginas del libro hasta el punto de que, cuando mi estómago comenzó a quejarse del hambre, me levanté sin apartar los ojos de mi ebook y fui a la cocina a comer algo, para después volver al sillón y ponerme cómoda. De repente, la historia comenzó a tornarse un tanto caliente. Sentí cómo la respiración se me aceleraba, tal y como le estaría ocurriendo a la protagonista. Un hormigueo ya conocido comenzó a nacer en mi interior, haciendo brotar un sentimiento que crecía en oleadas: placer. Inconscientemente, la mano que tenía libre comenzó a acariciar distraída la piel que habitaba debajo de mi camiseta, haciendo erizar mi piel. Cuando la historia se sumergió totalmente en un momento picante, no pude evitar parar para poner una película porno donde salían dos mujeres y recoger a mi compañero de juegos, mi satisfyer. Me tumbé en el sillón no sin antes desnudarme, dejando caer la ropa suavemente al suelo, con cierta parsimonia consentida, y las caricias que habían comenzado en la barriga, subieron a mis pechos, haciendo endurecer mis pezones los cuales respondieron a mis caricias. Sin poder evitarlo, me sumergí por completo en el mar de placer que había inundado mi cuerpo. Ahogué un pequeño gemido en mi garganta, antes de seguir con las caricias. Las yemas de los dedos dejaban un rastro de fuego en mi piel, el cual conectaba mis pechos con el monte de Venus. El vaivén de mis manos se hacía cada vez más intenso, lo que provocaba que me removiera un poco entre los cojines. De fondo, una de las dos mujeres comenzó a gemir de placer tras recibir las atenciones de su compañera en su clítoris. El mío, en cambio, lo notaba húmedo, señal de que necesitaba caricias para culminar el tormento al que me estaba sometiendo con mis propias manos. Metí un dedo entre los pliegues de mi sexo y noté que estaba ya un tanto endurecido, palpitando levemente. Con la otra mano, encendí el satisfyer y lo coloqué con cuidado. Las vibraciones de mi acompañante me arrancaron un gemido de verdad, el cual nació de mi interior y rompió en mis labios, mordidos con fuerza al sentir cómo la oleada de placer me rompía por dentro, alzándome hacia un punto sin retorno: el clímax. No tardé demasiado en cruzar aquél umbral, lo que me hizo retorcerme y tensarme mientras mis gemidos se convirtieron en gritos ahogados que se mezclaban con los de las chicas de la película. Y después de la tormenta, llegó la calma. Recogí mi ebook del suelo y volví a la cocina, pues el hambre acechaba de nuevo. ¡Ya habían pasado tres horas desde el almuerzo! Piqué algo ligero y preparé todo para darme un baño relajante. De mientras, la historia del libro continuaba, casi llegando al final. Encendí varias velas aromáticas con olor a naranja y me metí en el agua cálida. Me tomé unos momentos para escuchar el silencio del cuarto de baño, roto por el agua salpicando las paredes de la bañera. Era el momento perfecto para estar conmigo misma. Por desgracia, el libro se acabó. No pude evitar sonreír cuando las últimas páginas se acabaron. Dejé el ebook encima de la taza del váter y me sumergí en la bañera. Al salir, noté de nuevo el placer llamarme tras rememorar las escenas descritas en el libro, por lo que cogí mi juguete y, de nuevo, me dejé llevar por la intensidad de su vibración. En esta segunda ocasión, al retorcerme de placer bajo el agua, no pude evitar correrme. Pero, en aquella ocasión, no paré el satisfyer, al contrario, me acaricié con el dedo también y, mordiendo fuerte mi labio inferior, me corrí de nuevo, soltando un gemido prolongado, un gemido que vino acompañado de una pequeña risa, pues me hacía gracia el estar en la bañera disfrutando de mi misma. Me relajé tras sentir los orgasmos manejar mi cuerpo y cerré los ojos, sin apartar la sonrisa de mis labios y sin dejar de acariciar mi cuerpo desnudo. Efectivamente, aquél domingo podía catalogarlo de perfecto.


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